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martes, 14 de junio de 2016

Una mañana más.

La pulsera cuantificadora me vibra, son las 7 de la mañana, es la hora de levantarse para ir a hacer algo de ejercicio.

Cuesta abrir los ojos, otra noche de sueño inquieto pegado al suelo, si,  ya hace calor por las noches y el bochorno húmedo de esta ciudad hace que el dormir pegado al suelo sea una de las pocas soluciones que te quedan para poder charlar un rato con mi amigo Morfeo.

Mira a los lados, no te veo, ¿dónde estás?, aunque aún nunca despertaste a mi lado te extraño, un beso de buenos días, una sonrisa mañanera, un abrazo animándome el día ¿no los merezco? siempre me pregunto, y por lo visto no soy merecedor de esos regalos, se los deben de merecer otros.

Sigo entre estas 4 paredes, ( citando a la musa de la vida Estela Reynolds), en mi cárcel de pladur particular, cuántas veces deseo no ver estas paredes, si, son mis paredes, las paredes que alguna vez tendré que pagar todos los meses, pero no me gustan, me recuerdan la vida que vivo, la ciudad que tristemente me acoge y la vida oscura y fría que me auto impuse sin querer en ella.

Salgo de ellas y encuentro a las dos personas cotidianas de mi vida, mis padres, cada día noto lo mayores que están, el tiempo pasa, y se los noto, sobre todo a mi madre, la que lleva el peso de todo encima de esos hombros ya castigados de una vida dura de trabajo, sufrimiento y decepciones con su circulo familiar y de amistades (somos iguales incluso en eso), la miro a los ojos, otra noche que no durmió, seguro que lleva horas en el sofá, su sofá de masajes que se cae a pedazos pero que no es capaz de tirarlo, es su hueco, su espacio y no quiere perderlo, ese sofá y los mini juegos de facebook son su esparcimiento, su vía de escape.

Miro ahora a mi padre, si, lo quiero, ¿a un padre se le tiene que querer no?, pero el es otro cantar, no me transmite nada, nunca lo hace, es frío, no sé lo que pasa por el, no me trasmite nunca nada y creo que nunca lo hizo, vivimos juntos pero ya, eso es otra historia.

Me visto para salir a hacer una caminata deportiva, los mismos trapos de siempre, ya me gustaría poder llevar una ropa deportiva cara, unos tenis de esos que luces los runners más que un traje un político en un debate a 4, pero no puedo llevarlos, soy gordo y pobre, y si no encuentro talla de ellas, no puedo pagarme esos caprichos tan caros, toca sudar la vieja camiseta de ferrari que mis padres me trajeron de Roma, amargo y a la vez bonito recuerdo de que lo fuimos hace unos años y ahora ya no somos.

Salgo a la calle, enciendo el programa con gps para después enseñar todo orgulloso el esfuerzo que echo para perder 400 gramos, ando, veo lo mismo de siempre, las mismas caras que se repiten día tras día, las mismas calles, las mismas aceras, incluso el mismo chico ( que me regala una curiosa sonrisa todas las mañanas) que pasea a su perro, todo es cíclicamente igual, nada cambia, nada me hace ver que el día puede ser distinto.

Lo único que cambia es el podcast que escucho cada vez que salgo a andar, videojuegos, cine, humor, parapsicología, los temas que me acompañan durante las dos horas que salgo a intentar cambiar el cuerpo que tengo, los interlocutores que escucho en ellos cada vez más asiduamente se convierten en otro mundo para mi, ¿alguien nuevo en mi vida? es una locura seguro que pensareis, pero no, no lo es.

Llego a casa, y me pongo a pensar que ya pasó la mañana, que mañana será una mañana más, que lo único que cambia, es el podcast.